Dirección: Arquitecta Verónica Rivera Meza • Jacy Meza Lagunes • ✝ Ingeniero Juan B. Rivera Jacome •





























Arturo Reyes Isidoro 16 de Marzo de 2026
Jorge Arturo Rodríguez 16 de Marzo de 2026
Prensa Veracruz
Pbro. José Juan Sánchez Jácome 16 de Marzo de 2026
Mientras tratamos de asegurarnos de la existencia de Dios a través de razonamientos e investigaciones, nos privamos de su presencia, de la paz que imprime en el alma, de una relación con Él. Queremos que salga bien librado del filtro de nuestra inteligencia y que pase la prueba de nuestros razonamientos y preguntas para que entonces lo podamos aceptar.
Por este camino de comprobar minuciosamente su existencia aplicando nuestros criterios y razonamientos se nos puede ir toda la vida, sin darnos cuenta que esa búsqueda, muchas veces a ciegas y vanidosa, nos habla del deseo que ya existe en nuestra alma porque el mismo Dios lo ha dejado.
Nos cuesta reconocer que nos movemos en Dios y que el simple deseo de investigarlo ya habla del anhelo que hay en nuestra alma de aceptarlo, así como se nos presenta y no como nosotros quisiéramos aislarlo, como se aíslan y separan en laboratorio todas las piezas para entender su mecanismo.
Frente a caminos que hemos emprendido y nos han dejado en el mismo lugar, frente a exigencias que hemos puesto para llegar a aceptar su existencia y nos han dejado más fríos y distantes, hoy estamos llamados a practicar la oración humilde del ciego Bartimeo que en medio de una oscuridad de tantos años -más preciso- de toda la vida, no reprimió su anhelo y llegó a gritar: “Maestro, que pueda ver”.
Junto al interés, la inquietud intelectual y la curiosidad se debe reconocer sobre todo el deseo de Dios que hay en el alma. Como decía Simone Weil: “Donde falta el deseo de encontrarse con Dios allí no hay creyentes, sino pobres caricaturas de personas que se dirigen a Dios por miedo o por interés”. Lo expresaba con palabras sublimes el poeta español Luis Rosales:
“De noche iremos, de noche, sin luna iremos, sin luna.
Que para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra”.
Hay personas que no saben exactamente lo que quieren decir cuando proclaman: “No creo en Dios”. A veces más por cuestiones existenciales que intelectuales han llegado a negar o a molestarse por la existencia de Dios.
En medio de estas tribulaciones y resistencias quizás el verdadero secreto para creer en Dios sea reconocer este deseo y saber decir desde el fondo del corazón, de verdad y con sencillez total, aquella plegaria del ciego de Jericó: “Maestro, que pueda ver”.
Dice un proverbio judío que “Lo último que ve el pez es el agua”. Eso se podría decir de nosotros que somos como peces que no ven el agua en que nadan, como pájaros que no ven el aire en que vuelan. Nos movemos y vivimos en Dios, pero no lo vemos.
Dios es simple y lo hemos hecho complicado. Está cercano a cada uno de nosotros y lo imaginamos distante. Queremos comprobar su existencia con argumentos y no saboreamos su gracia. Decía Dorothy Day: “Quienes no pueden ver a Cristo en los pobres, en realidad son ateos”.
Esa ceguera es quizá más delicada como podemos ver en el evangelio. Es sorprendente la situación del ciego de nacimiento, así como el gozo que siente cuando ha recuperado la vista. Nos da a conocer la experiencia de sanación que vive con Jesús. De la misma manera sorprende la ceguera espiritual de las personas que están en torno al ciego de nacimiento.
Sorprende la ceguera de los discípulos de Jesús pues, en primer lugar, aplican un criterio que no se ha borrado del todo en los ambientes cristianos. Pensar que cuando una persona se enferma está pagando por pecados pasados o situaciones relacionadas con sus padres y antepasados, como si Dios estuviera esperando el momento oportuno para castigar a las personas o a sus descendientes por sus faltas del pasado.
Jesús se apresura a responder todo lo contrario, pues no podemos empañar el rostro amoroso de Dios. Esta ceguera nos lleva a especular y enjuiciar la vida de las personas. Jesús lleva a los apóstoles de la especulación a la compasión, de la indiferencia a la acción, del juicio a la misericordia.
No podemos pasarnos toda la vida compadeciéndonos de los necesitados sin actuar en su favor, sin comprometernos en sus necesidades. No podemos decir “pobre persona”, “pobre familia”, y no hacer nada para solucionar lo que están enfrentando. Delante de la pregunta que le plantean, Jesús se compromete.
En segundo lugar, hay otra ceguera que tiene que ver con los fariseos y que explica lo que estamos viviendo en nuestros tiempos, la situación de tantas personas que no agradecen ni celebran la recuperación de los enfermos, la superación de personas que estaban de muchas maneras atribuladas.
Hay quienes siguen tan indiferentes y no agradecen a Dios cuando alguien se recupera física, emocional y espiritualmente. Duele verlos criticando, condenado y constatando que no tienen tiempo para celebrar ni experimentar la alegría por la recuperación de tantas personas.
Esto se explica porque la envidia no nos permite celebrar los triunfos de la gente y las cosas buenas que le pasan a los demás. La envidia es la alegría por la desgracia de los demás y tristeza del bien ajeno, que llega a amargarnos la vida.
Solemos tener una mirada que no capta las lágrimas de la gente, que no percibe la angustia de los demás, que no se conmueve ante la soledad y el sufrimiento de tantas personas, y esta ceguera es más grave que la que curó Jesús en el evangelio.
En medio de estas dos cegueras, el ciego no tiene miedo de agradecer a Jesús y de testimoniarlo. Incluso adora a Jesús a pesar de las presiones y amenazas que comenzaba a recibir.
Nos alegra y nos da confianza saber que Einstein y otros grandes científicos han defendido la existencia de Dios, pero no sabemos disfrutar su presencia silenciosa en nuestras vidas. No se trata de presumir una fe grande y profunda. Lo importante es abrirse con sencillez a la vida y acercarse con confianza al misterio que nos envuelve.
No dejemos que nuestros razonamientos y nuestro orgullo repriman ese grito interno que todos experimentamos para llegar realmente a conocer a Dios. No tengamos vergüenza de gritar aun cuando los que estén a nuestro alrededor se puedan burlar o intenten callarnos. Podemos haber
fracasado en los caminos que elegimos para cerciorarnos de la presencia de Dios, pero hoy podemos comprender que el punto de partida es el propio corazón de donde surge el anhelo y el grito para suplicarle al Señor que se presente e ilumine nuestra búsqueda para tener un verdadero encuentro con Él.
Aprendamos a gritar como Bartimeo, pues la capacidad de gritar está en cierto modo relacionada con la infancia. Volvamos a la infancia espiritual para que a través de nuestro grito escuchemos de manera personal al Señor que nos dice “no sólo existo, aquí estoy”, sino “qué quieres que haga por ti”.
Por lo tanto, recordemos a Bartimeo y si se nos impone callar, con más fuerza hay que orar. No siempre podemos ver, pero necesitamos ser mirados por el Señor, como el ciego de nacimiento. Por lo que podemos apropiarnos las palabras del himno litúrgico: “Yo, como el ciego del camino, pido un milagro para verte”.