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Por Omar Zúñiga 12 de Agosto de 2026
Lenin Torres Antonio 12 de Agosto de 2026
MORENA huele a baúl y a más de lo mismo
A por una auditoría a la nueva clase política que gobierna para demostrar la austeridad republicana
Como parte de la estrategia mediática de desgaste contra el gobierno obradorista, implementada por la oposición, los consorcios de mass media y cierta parte del poder económico, se difundió ampliamente la tertulia virtual que sostuvieron unas diputadas de Morena en Puebla. Inconscientes de que uno de los pilares fundamentales que ha dado credibilidad social a Morena en el gobierno ha sido precisamente la atención y reivindicación de nuestros adultos mayores, se pusieron a hacer escarnio de la condición de la vejez, aludiendo al desgaste del cuerpo, a los olores, los gestos, los movimientos, el andar con báculo; en fin, a todo aquello que implica el inevitable envejecimiento de nuestras células y de nuestro cuerpo.
Incluso hacían mofa de ellas mismas sin saberlo. Su piel, ahora tersa y cuidada; su jovialidad y fortaleza, todavía intactas y vigorosas, también sucumbirán inevitablemente al paso del tiempo. Sus narices cambiarán, sus cuerpos se encorvarán, sus cabellos encanecerán y quizá recurran a tintes, tratamientos o cirugías estéticas tratando de ocultar aquello que ningún ser humano puede detener: el envejecimiento.
Lo verdaderamente preocupante no es solamente la frivolidad de sus comentarios. Se trata de mujeres que ostentan cargos de representación popular y que, con semejantes comportamientos, reproducen exactamente el estereotipo de la clase política que el movimiento y el partido Morena dijeron haber venido a sustituir.
Durante décadas vimos cómo la vieja clase política mexicana, en sus mejores momentos de control del poder, encumbraba a familiares, novias, amigos, compadres y personajes cercanos a cargos de representación popular. Muchos llegaban sin comprender absolutamente nada de la responsabilidad ética y política que implica representar a los ciudadanos. Los veíamos pasearse por los pasillos de los congresos, subir a tribuna para leer discursos escritos por un séquito de asesores, lucir joyas y prendas de reconocidas marcas de lujo y formar parte de un ambiente político que había normalizado esos excesos y contrasentidos de la vulgar política mexicana.
Ver ahora conductas semejantes, escuchar salir de sus bocas semejantes estupideces y observarlas comportarse como jóvenes obsesionados con convertirse en famosos youtubers nos recuerda ese pasado ominoso que muchos pensábamos que habíamos superado.
Pero no. Ese pasado sigue formando parte del presente.
La clase política se recicló. Algunos permanecieron en la oposición; otros, jugando a convertirse repentinamente en progresistas, revolucionarios y personajes de izquierda, se montaron en el caballo ganador del obradorismo. Sin duda, Andrés Manuel López Obrador
debe observar con enorme preocupación en qué está terminando parte del movimiento político que aspiraba a darle un rostro más humano y ético a México.
Tampoco debería sorprendernos que la oposición esté permanentemente a la caza de los errores de quienes tienen el poder para hacer leña del árbol caído. Al carecer de un proyecto alternativo de país capaz de competir políticamente con el obradorismo, parece confiar en que la guerra sucia y el desgaste mediático serán suficientes para recuperar el “pinche poder”.
Pero el verdadero problema no está ahí.
Ante la evidencia del craso error cometido por estas pseudoobradoristas, la respuesta partidista consiste en castigarlas o retirarles derechos partidistas. Lo que no aparece es una reflexión verdaderamente profunda: ¿cómo pudieron llegar personas con esos perfiles a convertirse en representantes populares del obradorismo y de la llamada Cuarta Transformación?
Esa es la pregunta verdaderamente importante.
Porque no se trata solamente de sancionar un comportamiento vergonzoso. Morena tendría que preguntarse qué está sucediendo en sus procesos de selección, qué debe hacer para revertir una tendencia cada vez más evidente y cómo evitar convertirse paulatinamente en una reedición del PRI que durante tantos años criticó.
También tendría que preguntarse cómo reencauzar el movimiento obradorista y recuperar sus fundamentos esenciales: “no robar, no mentir y no traicionar al pueblo”.
Porque ocupar un espacio de representación popular sin comprender su responsabilidad ética, sin aportar prácticamente nada a la transformación de la vida pública y reproduciendo las mismas frivolidades de la vieja clase política constituye, precisamente, una forma de traicionar al pueblo.
Y hay que decir algo más: la verdadera Cuarta Transformación continúa siendo un proyecto cuya plena realización está todavía por venir.
Ahora bien, la respuesta a la pregunta de cómo llegaron esas personas al poder público a través de Morena y sus aliados no resulta demasiado difícil de encontrar.
Después del término del mandato de López Obrador se produjo una importante migración de personajes provenientes principalmente del PRI y del PAN hacia Morena: operadores políticos, dirigentes seccionales, líderes gremiales y sindicales, presidentes municipales provenientes de otros partidos, empresarios, académicos con fuertes vínculos políticos y toda una fauna que descubrió repentinamente las virtudes del obradorismo.
Morena, en demasiados casos, los recibió con los brazos abiertos.
El criterio fundamental pareció ser electoral: sumar votos para conservar el poder, sin cuidar suficientemente el perfil moral, social, político y ético de quienes ingresaban al movimiento.
Así vimos cómo numerosos personajes abandonaron los barcos políticos que comenzaban a hundirse y encontraron refugio en Morena, desplazando en muchos casos a los verdaderos obradoristas que durante años acompañaron el movimiento y trabajaron para hacer posible el relevo democrático de 2018.
Criticar a Morena desde dentro del propio obradorismo se ha convertido, además, en una especie de tabú. Quien lo hace corre el riesgo de ser condenado al ostracismo, como si señalar las contradicciones del movimiento significara necesariamente traicionarlo.
Es exactamente al revés.
La crítica es indispensable cuando un movimiento político comienza a alejarse de aquello que justificó históricamente su existencia.
He venido escribiendo que la presidenta Claudia Sheinbaum ha tenido que lidiar con una fuerte migración de personajes provenientes del PRI y del PAN hacia Morena. Muchos de esos aparentemente conversos cambiaron de partido, pero no abandonaron sus prácticas, sus hábitos ni sus mentalidades depredadoras y frívolas. Como consecuencia, numerosas estructuras originales de base —aquellas que verdaderamente hicieron posible el relevo democrático de 2018— fueron desplazadas o marginadas.
A esa migración de conversos provenientes del viejo sistema político hay que agregar otros problemas: la falta de liderazgos sólidos y preparados; gobiernos que repiten mecánicamente las consignas obradoristas de no mentir, no robar y no traicionar al pueblo sin necesariamente practicarlas; y la ligereza con la que algunos dirigentes utilizan conceptos como “neoliberalismo” sin comprender siquiera su significado.
Pero existe algo todavía más importante y preocupante: la ausencia de un verdadero enriquecimiento de los fundamentos ideológicos de la Cuarta Transformación.
El movimiento corre el riesgo de quedarse en la repetición litúrgica de las palabras de López Obrador, cuando lo que necesitaría es desarrollar, profundizar y actualizar su pensamiento político frente a los nuevos desafíos del país.
El comportamiento de esas diputadas de Morena en Puebla es, por ello, algo más que una anécdota desafortunada. Es un síntoma.
Nos muestra que cambiar al partido que gobierna no significa necesariamente cambiar a la clase política. El relevo del poder no produjo automáticamente un relevo de las conciencias.
Ese es quizá uno de los mayores desafíos que enfrenta hoy la presidenta Claudia Sheinbaum. Su esfuerzo de gobierno puede terminar lastrado por una estructura de dirigentes y funcionarios que continúan concibiendo la política como un medio para ascender socialmente, mejorar sus condiciones personales de vida o enriquecerse.
Por eso propongo algo muy sencillo.
Si Morena quiere demostrar que la austeridad republicana no es solamente una consigna, debería comenzar por someter a una auditoría patrimonial rigurosa y transparente a su propia clase política: dirigentes partidistas, funcionarios y representantes populares.
Que se comparen públicamente sus bienes y patrimonios antes de ocupar cargos políticos y después de ejercerlos.
Sería una extraordinaria prueba de congruencia.
Porque estoy convencido de que, si aplicáramos seriamente ese criterio, quizá descubriríamos que no todos los que hoy hablan en nombre de la austeridad republicana podrían aprobar el examen.
Y entonces comprenderíamos que el verdadero problema no son unas diputadas haciendo comentarios frívolos sobre la vejez.
El problema es mucho más profundo: Morena comienza a oler a baúl porque dentro de él empiezan a aparecer demasiadas prácticas, personajes y mentalidades que México creyó haber guardado definitivamente en el pasado.
Agosto de 2026.