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Pablo Jair Ortega 16 de Agosto de 2026

SAN PEDRO: UNA DEFENSA DE ROCÍO NAHLE POR VERACRUZ Y SU GENTE TRABAJADORA

El ingenio San Pedro no es una factoría más, es parte de la vida económica de la región de Los Tuxtlas.

Defenderlo y buscar alternativas para evitar su cierre definitivo, como lo está haciendo la gobernadora Rocío Nahle García, significa respaldar a productores, cortadores, transportistas y a más de mil trabajadores directos y, sobre todo, a las familias que dependen de esta actividad.

Con orígenes

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Apuntes desde el suelo

Dr. Lenin Torres Antonio 16 de Agosto de 2026

Lula y la terrible confesión de la izquierda: votamos izquierda desde la plusvalía capitalista

El cruel destino de una izquierda que gobierna neoliberal

Ese tipo que va al club de golf, si lo hubieras visto ayer,

dando gritos de “Yankee go home”, coreando slogans de Fidel.

Hoy tiene un adoquín, en su despacho, del muro de Berlín.

El muro de Berlín.

Joaquín Sabina

Hay confesiones políticas que adquieren importancia no por aquello que expresamente dicen, sino por aquello que permiten pensar. El

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San Pedro, una defensa de Rocío Nahle por Veracruz y su gente trabajadora.

Prensa Veracruz 16 de Agosto de 2026

Porres que se vaya "A la Porra"...

San Pedro, una defensa de Rocío Nahle por Veracruz y su gente trabajadora.

Lerdo de Tejada, Ver. agosto 2026.- El ingenio San Pedro no es una factoría más, es parte de la vida económica de la región de Los Tuxtlas, defenderlo y buscar alternativas, como lo está haciendo la gobernadora Rocío Nahle García, significa respaldar a productores, cortadores, transportistas y a más de mil trabajadores directos y, sobre todo, a

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Apuntes desde el suelo

Dr. Lenin Torres Antonio 16 de Agosto de 2026

Lula y la terrible confesión de la izquierda: votamos izquierda desde la plusvalía capitalista

El cruel destino de una izquierda que gobierna neoliberal

Ese tipo que va al club de golf, si lo hubieras visto ayer,

dando gritos de “Yankee go home”, coreando slogans de Fidel.

Hoy tiene un adoquín, en su despacho, del muro de Berlín.

El muro de Berlín.

Joaquín Sabina

Hay confesiones políticas que adquieren importancia no por aquello que expresamente dicen, sino por aquello que permiten pensar. El reciente discurso de Luiz Inácio Lula da Silva ante un encuentro progresista en Barcelona (1) contiene una de ellas. No porque el presidente brasileño haya renunciado a la izquierda, sino precisamente porque, hablando desde ella, reconoció uno de los grandes fracasos históricos del progresismo (izquierda) contemporáneo, que conquistó importantes derechos, ganó elecciones, llegó a los gobiernos, pero no consiguió superar el pensamiento económico dominante que, durante más de un siglo, ha concentrado las riquezas en unos cuantos países en el mundo y en una minúscula élite económica en cada país.

Lula lo dice prácticamente sin anestesia. La izquierda gana elecciones con discursos de izquierda y después acepta la austeridad; renuncia a políticas públicas en nombre de la gobernabilidad; intenta tranquilizar a los mercados y termina administrando aquello que originalmente prometió transformar. Su expresión resulta todavía más contundente: “Nos transformamos en el sistema”.

Hay que detenernos en esa confesión porque probablemente contenga una de las claves para comprender la crisis contemporánea de la izquierda.

El problema ya no consiste simplemente en preguntarnos por qué la izquierda pierde elecciones. La pregunta más inquietante es otra: ¿qué sucede cuando las gana?

Podríamos formular la paradoja de nuestro tiempo de una manera deliberadamente provocadora: votamos izquierda desde la plusvalía capitalista.

Es decir, la izquierda contemporánea pretende redistribuir una riqueza cuya producción continúa organizada, fundamentalmente, bajo la lógica capitalista que históricamente cuestionó.

No se trata de regresar mecánicamente a Marx ni de desempolvar el viejo catecismo marxista-leninista. Tampoco de negar las transformaciones que ha experimentado el capitalismo desde el siglo XIX. Se trata de recuperar una pregunta elemental que buena parte de la izquierda parece haber abandonado: ¿quién produce la riqueza, quién se apropia de sus excedentes y quién decide posteriormente cómo se distribuyen?

La plusvalía, más allá de las discusiones que el concepto marxista pueda suscitar, nos coloca precisamente frente a esa pregunta.

El trabajador produce, la empresa organiza la producción, el capital obtiene beneficios, el mercado distribuye desigualmente y el Estado recauda impuestos y, finalmente, cuando gobierna la izquierda, intenta recuperar mediante políticas públicas una parte de aquello que la propia estructura económica concentró previamente, porque desde hace tiempo no se ha dado cuenta de que la economía es más importante que la política.

Entonces ocurre una paradoja extraordinaria: el gobierno progresista necesita que el capitalismo produzca suficientes excedentes para financiar las políticas sociales mediante las cuales pretende corregir las desigualdades que ese mismo sistema produce.

No gobierna fuera del capitalismo, gobierna desde él, y ésta es posiblemente la gran tragedia intelectual de la izquierda contemporánea.

Durante buena parte del siglo XX, la izquierda pretendía transformar las relaciones económicas. Podemos discutir hoy la viabilidad, los errores, los autoritarismos y hasta los horrores cometidos en nombre de algunos de aquellos proyectos. Pero existía, por lo menos, una pretensión explícita de construir una organización económica diferente.

Después de la caída del Muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética y la expansión planetaria de la economía de mercado, ocurrió algo mucho más profundo que la derrota del llamado socialismo real: la izquierda comenzó a perder la imaginación de una economía distinta.

Permaneció la izquierda política, los partidos llamados eufemísticamente de izquierdas, las banderas, la retórica e incluso el cántico de la Internacional Socialista: “Arriba, víctimas hambrientas; arriba, todos a luchar; por la justicia proletaria, nuevo mundo nacerá…”. Pero desapareció progresivamente una economía política alternativa.

Lula lo reconoce cuando sostiene que el progresismo consiguió avances importantes en los derechos de trabajadores, mujeres, población negra y minorías, pero no logró superar el pensamiento económico dominante. Más aún: acusa al neoliberalismo de haber prometido prosperidad y haber producido hambre, desigualdad, inseguridad y crisis sucesivas, mientras la propia izquierda terminó sucumbiendo a su ortodoxia.

Aquí aparece la gran contradicción.

La izquierda conquistó importantes batallas culturales y sociales mientras abandonaba progresivamente la batalla por la estructura económica.

La expresión puede parecer contradictoria: ¡izquierda neoliberal!

Pero precisamente por eso debemos utilizarla.

No significa que un gobierno progresista sea idéntico a uno neoliberal. Evidentemente, no lo es. Existen diferencias enormes entre un Estado que abandona a los sectores empobrecidos y otro que aumenta salarios, amplía pensiones, entrega becas, construye infraestructura social o redistribuye mediante programas públicos.

Esas diferencias importan. Y mucho.

El problema aparece cuando confundimos redistribución con transformación.

Una política social puede disminuir la pobreza sin modificar necesariamente el mecanismo estructural que reproduce la concentración de riqueza.

Puede elevarse el salario mínimo y mantenerse la concentración del capital.

Pueden multiplicarse las transferencias sociales y crecer simultáneamente las fortunas de los grandes empresarios.

Puede hablarse de revolución mientras los mercados financieros celebran la estabilidad macroeconómica.

Puede gobernar la izquierda mientras la economía continúa funcionando bajo la misma racionalidad fundamental.

Entonces debemos formular una pregunta incómoda: ¿hasta dónde puede llegar una izquierda que necesita de la reproducción del capitalismo para financiar su política redistributiva?

Los multimillonarios también prosperan bajo gobiernos progresistas e, incluso, son los que mejor libran los cambios de “sistemas”, como en México, donde los grandes beneficiados de la estabilidad económica y los movimientos geopolíticos son la pequeña élite que detenta más del 50 % del Producto Interno Bruto.

Lula vuelve a colocar el dedo en la llaga cuando identifica la concentración mundial de la riqueza como uno de los problemas fundamentales de nuestro tiempo. Habla de un reducido grupo de multimillonarios, cuestiona la falacia de la meritocracia y sostiene que quienes concentran riqueza pueden pagar proporcionalmente menos impuestos, explotar trabajadores, destruir la naturaleza y utilizar incluso los algoritmos como instrumentos de poder. De ahí deriva una afirmación fundamental: la desigualdad no es un hecho inevitable, sino una elección política.

Estoy de acuerdo, pero llevemos el razonamiento de Lula hasta donde quizá él mismo no lo lleva.

Si la desigualdad es una elección política, ¿cómo puede elegirse realmente la igualdad sin modificar las relaciones económicas que reproducen permanentemente la desigualdad? Por eso he planteado que no podemos hablar de una Cuarta Transformación en México sin una economía democrática.

Ésa es la pregunta que la izquierda contemporánea continúa sin responder, y ése es también el límite de los progresismos latinoamericanos.

Por eso México constituye un extraordinario laboratorio para pensar esta contradicción.

La llegada de Andrés Manuel López Obrador al poder significó una ruptura política indiscutible respecto del viejo régimen partidista. Millones de mexicanos votaron precisamente contra un modelo que había producido corrupción, desigualdad, privatizaciones, abandono social y subordinación del Estado a determinados intereses económicos.

Hubo cambios importantes.

El incremento del salario mínimo, la ampliación de las pensiones, las becas, los programas sociales y la recuperación de cierta capacidad interventora del Estado modificaron efectivamente la relación entre gobierno y sectores históricamente abandonados.

Negarlo sería intelectualmente deshonesto.

Pero reconocerlo no debe impedir formular la pregunta fundamental: ¿la Cuarta Transformación transformó la estructura económica mexicana o construyó una política redistributiva más intensa dentro de una estructura económica cuya lógica fundamental continuó siendo capitalista? Porque son dos cosas distintas.

Si los grandes capitales continúan concentrándose; si la banca permanece esencialmente intacta; si la propiedad de los grandes medios de producción continúa altamente concentrada; si el mercado determina buena parte de las posibilidades materiales de los ciudadanos, entonces tenemos que preguntarnos qué fue exactamente lo transformado.

Quizá la 4T haya avanzado en una redistribución social del ingreso sin haber construido todavía una democratización estructural de la economía.

Y reconocer ese límite no significa necesariamente negar el obradorismo, significa preguntarnos qué tendría que venir después.

El problema no es regresar al socialismo, pues aquí conviene evitar una salida demasiado sencilla.

La respuesta no consiste en desempolvar el socialismo soviético, estatizar toda la economía o imaginar que los problemas del siglo XXI pueden solucionarse reproduciendo las respuestas del siglo XX.

El fracaso del socialismo real dejó lecciones demasiado importantes para ignorarlas.

Pero el fracaso de aquella alternativa tampoco convierte al capitalismo en el destino definitivo de la humanidad.

Ésa fue precisamente una de las grandes trampas intelectuales posteriores a la Guerra Fría: hacernos creer que, desaparecida una alternativa, desaparecía también la necesidad de buscar otras.

La humanidad continúa enfrentando desigualdad, concentración de riqueza, pobreza, explotación laboral, destrucción ambiental y una extraordinaria acumulación de poder económico en unas cuantas corporaciones y fortunas.

Por tanto, la pregunta permanece abierta.

La democracia que se quedó a mitad del camino. Por eso, el problema puede formularse desde otro lugar.

Occidente democratizó parcialmente la política, pero nunca democratizó suficientemente la economía, o separó la economía de la política y, con esto, convirtió la justicia social en una utopía.

Construimos el principio de un ciudadano, un voto, pero no construimos un principio equivalente para la distribución del poder económico.

Una persona puede tener un voto y otra persona también uno; sin embargo, una de ellas puede poseer una fortuna capaz de financiar medios de comunicación, plataformas tecnológicas, grupos de presión, campañas, despachos jurídicos, centros de pensamiento y mecanismos de influencia sobre gobiernos enteros.

Formalmente son iguales, materialmente viven en universos políticos diferentes.

Por eso Lula tiene razón cuando afirma que la democracia debe ir más allá de los votos. Para él, no existe democracia plena cuando una familia no sabe si podrá comer, cuando alguien muere esperando atención hospitalaria, cuando una madre pasa tantas horas trasladándose al trabajo que no puede convivir con sus hijos o cuando persisten la discriminación y la violencia.

Ahí está quizá la siguiente frontera histórica: pasar de la democracia política a la democracia económica.

La izquierda tiene que volver a pensar. Ése puede ser el verdadero valor del discurso de Lula.

No proporcionar respuestas definitivas, sino reconocer el fracaso. La izquierda necesita volver a pensar la economía o, quizás, el mundo debe pensar de nuevo los nuevos constructos que resuelvan esas fatales contradicciones.

Necesita dejar de creer que repartir mejor constituye, por sí mismo, una transformación o que, ofreciendo beneficios sociales, se puede ocultar la inmensa brecha entre los pocos que tienen mucho y los muchos que tienen poco.

Necesita preguntarse cómo democratizar la producción de riqueza sin destruir la iniciativa individual; cómo limitar la concentración sin eliminar la innovación; cómo garantizar propiedad y libertad económica sin permitir que la acumulación termine convirtiéndose en dominación política; cómo hacer compatible mercado, Estado, comunidad, tecnología, sustentabilidad y justicia social.

Ésa sería una izquierda del siglo XXI. No la izquierda que administra neoliberalismo con rostro humano, no la que simplemente reparte una parte de la plusvalía.

No la que gana elecciones prometiendo transformar y termina preguntando nerviosamente qué pensarán los mercados.

Una izquierda capaz nuevamente de imaginar futuro, aunque cuesta pensar en eso, porque la caída de las ideologías despertó a la izquierda de su sueño de un mundo de iguales.

Por eso el discurso de Lula resulta mucho más importante de lo que parece.

Un hombre que lleva décadas participando en las luchas de la izquierda latinoamericana reconoce, desde el poder, que el progresismo terminó aceptando parte importante de aquello contra lo que originalmente luchaba, más ahora cuando Brasil y México se encuentran acorralados por el Escudo de “derecha” de las Américas, que espera que las últimas resistencias del progresismo en América caigan.

Su confesión debería ser escuchada, porque quizá la tragedia de la izquierda contemporánea no sea haber perdido frente al capitalismo; puede ser algo mucho más profundo: haber ganado las elecciones y descubrir, una vez instalada en el gobierno, que ya no sabe gobernar fuera de él.

Mientras eso no cambie, seguiremos viviendo nuestra gran paradoja: votaremos izquierda, gobernaremos progresista y seguiremos produciendo la riqueza desde la plusvalía capitalista.

Y entonces la transformación seguirá siendo una promesa.

La siguiente gran ruptura histórica quizá no consista en sustituir capitalismo por socialismo, ni derecha por izquierda.

Consistirá en responder una pregunta que llevamos demasiado tiempo posponiendo: ¿cómo democratizamos la economía?

Cuando encontremos esa respuesta, quizá podamos hablar verdaderamente de una nueva transformación. Hasta entonces, seguiremos intentando construir la izquierda con el dinero producido por aquello que la izquierda dice querer transformar.

(1) https://www.youtube.com/watch?v=A1KS-B8oh38&t=349s

Xalapa Eqz, México, agosto de 2026.